18 de junio de 2010

Silbarle las alas

El viejo tendría por lo menos mil años. Ya no veía bien, estaba sordo como una tapia y le costaba horrores moverse. Mantenía, sin embargo, un exquisito sentido del gusto al que deleitaba con copiosos almuerzos. El único pasatiempo que encontraba en salir cada mañana al jardín delantero de la casa, era recorrer los rincones donde florecía la primavera que durante tantos años había cultivado. El olor de los jazmines, la hierbabuena, los rosales que regalaban al aire rosas de todos los colores, los tulipanes blancos, rojos, violeta, las margaritas grandes de un naranja intenso, las pequeñas amarillas y hasta las amapolas componía un fresco multicolor que se colaba, extraído de la paleta de pinturas, por la nariz del viejo, aleteando en frenética inspiración.
Las tardes las pasaba en la alcoba, llena de cajas de cartón, la mayoría aún embaladas. Ahí, con cuidado, escogía una de las que se hallaban cerradas, la abría y sacaba libros de su interior, hasta tocar el fondo áspero como sus manos, que rascaba con las uñas hacia las cuatro esquinas, varias veces, como si quisiera recomponer el espacio encontrado. Cogía un libro, detenía el tiempo y sólo allí se movían un pensamiento divagador y la caricia de sus manos por las tapas duras, blandas, de cuero, la textura del papel cosido, plisado, la mancha de letras impresas, el tamaño…
Creaba con su silencio una tensión escénica que impedía que el sol se filtrase entre las nubes y las cortinas y osase dar al traste con la concentración milenaria, hasta que de súbito, como consecuencia de una preparación brutal en la memorización del texto, pronunciaba su nombre, grave triunfo: “Auerbach, Eneko, Literary Language and its Public in Late Latin Antiquity and in the Middle Ages, Lenguaje literario y público en el latín tardío y la Edad Media”. Es bonita la sonrisa del viejo, la dentadura blanca traída de otras tierras, tropicales. A veces recitaba fragmentos desenterrados llevados por un acto meramente físico desde sus manos a la garganta, donde borbotaban como un chorro de agua extrañamente fresca. O cogía otro libro y repetía la operación, que no por rutinaria se adivinaba menos placentera bajo esos ojillos entrecerrados y los agujeros más grandes que aquéllos que se recreaban con dios sabe qué olores de lejanía.
Llegaba así la hora de la cena, y el viejo se sentaba a la mesa con apetito voraz. Todo estaba preparado, los grillos habían comenzado a cantar ahí fuera y yo observé un instante más la iluminación de las luciérnagas. Aún no tenía sueño. Volé hasta posarme en el brazo del viejo, entonces, el olor del cocido me impregnó en totalidad y supe que esa noche tampoco regresaría a dormir al parral sin destilar el rechazo de mis compañeras. De cualquier manera, no podría irme sin perderme un pedacito de vida que sentía en muchas maneras mía. Pegaba mis seis patitas a la piel del viejo, como chupando de su alma, proyectándome en sensaciones, llegando a traspasarla, a latir ambos al compás del desgastado marcapasos, a saborear algún deseo en sus papilas gustativas y acertar colarme en su silencio. Casi había terminado el plato cuando me miró, con esos ojillos brillantes del tamaño de uno de mis siete puntos, se relamió pasándose los dedos por los labios, y dijo: Hola Mariquita. Sin saber porqué, me puse roja como una amapola.

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