6 de agosto de 2010

Quemazón

Han sido las últimas semanas. He soñado poco, sólo en las siestas. Por las noches, me he despertado en las horas extrañas, violentas, desarropadas, tres o cuatro veces, hasta cinco minutos antes de que haya sonado el despertador. Son mis nuevos despertares, a menudo, los viene acompañando una letra de canción, la misma, que es suya y también mía, porque no somos especiales, es tan triste: "Me he despertado sangrando, creo que hay algo roto en el colchón (me desangro y es cierto). Sangro y voy recordando, la noche anterior". Después, enmudezco y menguo de una manera extrema, en el mejor de los casos las horas me bailan y pueden llegar a enloquecerme; ya he aprendido a abortar. Es mejor que lo otro, lo otro viene impuesto y me dice cuánto mido y cuánto peso, que es mejor, muchísimo mejor, parecer cuerdo, me compara, hace comparaciones como quien resuelve acertijos; hay que ser y parecer; es vago, sólo para que me ponga en su lugar y me sienta así; pienso: es sólo una sensación de sentir. Una sensación de sentir. Suena fatal. En culaquier caso, hasta que no llore no sanaré. Pero no lloro. Lo siento, en este momento no puedo llorar. Soy culplable también de eso, por darme cuenta, por ser más ser, más ser del que ahora querría ser. Por ser gilipollas. Mi cuerpo llora en rojo. Por dos o tres sitios distintos, llora mucho para enseñarme lo que llevo dentro, porque no soporta estar dentro, tiene que ser un lugar lleno de heridas, contrariado, e independiente. Y quiere que le quieran, imagino. Como ya no sueño, me lo imagino.

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