8 de diciembre de 2010

Participación en el proyecto Valor de Cambio de la artista plástica Pilar Barrios




Mi colección de momentos

Miro las fotografías y recuerdo lo que he perdido; creo que no me gusta porque en todas ellas mi semblante aparece serio.
Claro que sé hacer muecas, pero no cambiará nada.
El verano. Tengo veranos llenos de fotografías en el cajón que toca el suelo de la habitación pequeña.

Estaba la casa llena de higos. A mí me gustaba adivinar de qué higuera eran y siempre prefería los del jardín delantero, en la parte de atrás maduraban antes y me parecían viejos colgando del árbol; eran los que comían con más gusto mis abuelos, los higos chumbos que cogían con manos arrugadas, pasando primero por la corteza de los árboles, y todo me daba una sensación de permanencia intensa que me empachaba de cocina, del olor de sus hijos, nietos, bisnietos y tatatatataranietos verdearrugado por todas partes.

Es raro y ha llegado a gustarme: recuerdo con más urgencia cosas que no había fotografiado, temiendo perderlas, qué tontería. Sus caras, voces y las palabras que me enamoraron. No tengo fotografías pero sí aquellos cinco años de idilio con el mar, las barcas al final de la playa, el grupo de amigos, las mismas tardes observándonos y agrandando el espacio unos en otros, y, ahora que lo sé, volvería a la ilusión de algo nuevo sólo porque tú lo creyeras.

Antes que tener cosas, me importa más valorarlas. Así, cuando vivo en Alemania, pienso diferente, por eso sigo allí y parece que soy más un yo del pasado, pero es otra cosa, espera a que lo llene de momentos. Después, me rebatirás la importancia de otra vida aquí, y el silencio otorgará a cada cual lo suyo. Los momentos de evasión, por ejemplo, desayunaban conmigo mientras escuchábamos Radio Leipzig; no tenía más que salir de casa para volverlos a encontrar, hablando mil idiomas, apoyados en mis lugares preferidos, a lo largo del canal que cruzaba un país entero hasta alcanzar el mar. Lo imaginabas pedaleando, tan lejos de ellos que los días raros les echaba de menos, pero es sólo que me sentía así.

No es que aquí fume más, pero me gusta especialmente un cigarro en la ventana, es automático el momento de evasión encontrada, de súbita añoranza de esos días raros, de voces que me hablan, de túneles y de contar cuevas en el metro cuando era pequeña.

Suena una canción, no me resisto a mirar hacia fuera; el parecido a una mirada cualquiera, el vuelo de las moscas en febrero tiene algo bello o de todo lo contrario, y para mí el mismo valor, el de los gustos, el de las personas cuando duermen y te descuidas pensando que su cambio es importante.

Me gusta que esto pueda durar toda noche. Abrir la puerta con mis llaves, entrar en casa y que no haya nadie, sonreír porque es cierto que es algo muy solitario, que no se repetirá lo que solíamos, que no es preciso encontrarle un principio, aguantar las miradas en el aire si para eso los ojos, planetarios, tienen que morir y flotar en un espacio donde empiezan por no tocarse y acaban por no verse. Yo tampoco quiero irme todavía…Quiero, sí, las palabras de gracia y un cenicero limpio.

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