3 de febrero de 2011

La cinta blanca


Un film envolvente; un concierto para misa, adicto, oscuro, como aquello que te atrapa porque no comprendes del todo. Un discurso perversamente sincero en su abordaje, un hado tocando a los personajes y dejándolos fríos, un lenguaje y una comunicación en las relaciones que nos aleja como una bofetada, un lugar precioso de contemplar pero difícil de sobrevivir. Una comunión enferma y una cerradura que no hay que abrir y por la que no hay que mirar.

Cómo pueden forjarse las ideas y sentimientos colectivos del nazismo en el seno de una sociedad talentosa y en pañales, en un film en blanco y negro en el que la vida ya ha sido dispuesta, sabedora de que todo tiene un precedente de sí mismo; la gestación de una Sinfonía inacabada de Schubert, que el espectador no puede dejar de escuchar en las imágenes calladas, en el impacto sobre una sociedad adulta que se desmorona, acallando su intuición y el deseo de conocer unas causas de las que son deudores y se les escapan. Y aquí entra el espectador de la película y no puede evitar juzgar para comprender y sentirse aliviado, a la altura de sus responsabilidades. Porque una educación religiosa, castigadora y juez, violenta, no es capaz de contener todo lo que contuvo la historia de Alemania y de los alemanes de aquel tiempo; lógicamente representados en esta película en una muestra de campo, característica de por sí de toda la gama de colores borrados y motivos determinados, que se pierden en miles de nudos que la conforman, como una alfombra persa, las mujeres del film van tejiendo en el telar vertical de los años las alfombras para el rudo invierno. Sí, las mujeres tienen una presencia sobrecogedora, compleja y contradictoria, propia de una sociedad humana y sin embargo, represiva y por tanto, latente y subterránea. La juventud de La cinta blanca contiene pasión, no por la vida, representada en la relación putrefacta del médico y su amante, sino la pasión propia del que se mira el interior; menos terrenal y vívida, más artística si se quiere, sacrificada y glorificada por sus intenciones, que vienen desconociendo a la vez que amamantando en movimientos de mecedora.

Los personajes se introducen desde fuera de la pantalla hacia adentro, pasan del negro al blanco, impulsados por su propio mecanismo, temerosos de ser vistos, sabiendo que la luz los va a condenar. De los cielos reventados de luz a las lamparitas de gas, procuran una luminosidad que los aturde y expone y el espectador tampoco puede apartar sus ojos de lo que está sucediendo, ensombrecidos. La filmación de la muerte pesa, situada en otro lugar más cerca del fuera de campo, de donde provienen los personajes de la historia, también los sucesos extraños, como extranjeros, sólo podemos imaginarlos en la alteración de muecas y los diálogos detonadores de desesperación y distancia que nos permiten, acaso respirar, entre leves sacudidas de mente y tomas de conciencia.

Porque estamos de actualidad y la culpabilidad no es gratuita ni propia de las almas entregadas a dios, ¿son culpables ellos por vivirlo o nosotros por verlo? La identificación es real, en cualquier caso. Como nosotros mismos, quizás no hubiéramos actuado como ellos, pero poniéndonos en la piel del otro, quizás tampoco encontremos la manera de actuar diferente, pues la ligazón suele ser más fuerte en cuanto que real que la generación de ideas, sentimientos y subconscientes flotando siempre a la deriva.

Al igual que Elfriede Jelinek consigue con su lenguaje que no se tergiverse el complejo mundo que plantea, Michael Haneke lanza incógnitas de un tiempo de vida infinito, convierte la realidad cinematográfica, una vez más, en una dramaturgia formal al servicio de un fondo tan al fondo que si nuestra mirada llega a vislumbrarlo lo hará a intervalos en los que se cierran los ojos y se piensa en abstracciones y ceños fruncidos. Lo maravilloso de La Cinta blanca es que Michael Haneke ha abierto los ojos y ha filmado el negro en blanco y viceversa.

2 comentarios:

koolauleproso dijo...

Considero a Haneke uno de los faros que ilumina el panorama cinematográfico actual. Su cine es como un puñetazo en el estómago. Nos puede producir un inmenso dolor, pero si lo podemos encajar nos revivifica y despeja nustro cerebro. Hay cine más allá de Hollywood (Carlos Reygadas, Todd Solondz y, por supuesto, Michael Haneke).
Del frío austriaco procede también, por cierto, la literatura de Elfriede Jelinek, con tantos puntos en común con el cine de Haneke.
Por cierto, que viendo tu perfil, me asombran las coincidencias que tenemos en gustos literarios, musicales y cinematográficos

María dijo...

Genial, Haneke es de mis preferidos.
Tomo nota de los tuyos.
Son grandes todos ellos, me alegro de que sean visibles y compartidos:)