23 de marzo de 2011

El restaurante

Esas vacaciones de navidad quedamos Lucas y yo en el centro de Madrid. Me tenía guardada una sorpresa. Cenamos en un restaurante que nos gustaba mucho y hacía tiempo que no íbamos. No sólo era la comida de sultanes, era también algo que nos ocurría a Lucas y a mí cuando entrábamos y nos parecía un lugar reservado a los que no lo poseerían nunca, como si las calles que lo sujetaban y las plazas que lo circundaban y los coches que lo rebasaban una y otra vez, los visitantes y todo lo demás resultara volátilmente exótico y desprovisto de referencias.

Lucas había elegido el restaurante para vernos, había recordado que era especial —me dijo mientras nos sentábamos. Yo estaba tan contenta de verle y algo ebria y tuve frío y busqué la corriente de aire y el chal. Un ciego cantaba una canción en algún lugar de la estancia, la música llegaba hasta nuestro pequeño reservado atravesando gasas semi-invisibles empujadas por ese aire o por la música y todo ello me tocaba, y parecía que no había puertas sino cortinas de humo, de párpados cerrados, de pentagramas y de sabores expectantes. Aparecía para nosotros sigiloso, venía de viaje por el laberinto, como llegaban los olores a nuestras aleteadas narices. ¡Pero qué olores! Lucas se derretía describiéndomelos, como si yo fuese incapaz de olerlos de la misma manera. Y era cierto, porque mi atención estaba en otra parte, velada por todas aquellas gasas que me parecía sujetar ya sobre los ojos, en contemplar cómo saldrían de las veinte puertas de medio metro que circundaban la estancia la legión de enanitos con los platos destinados a la mesa.

Los cocineros te hablaban desde abajo y los olores subían hasta colarse por nuestras narices. Arriba se concentraba el incienso. Destapaban las bandejas dándote un plano cenital de maravillas en miniatura, alargando el preciado momento de hincarles el diente y destruir, porque así se lo parecía a ellos, su belleza. Era una contradicción sin duda, que aceptaban modestos y también algo ebrios, en la mezcolanza destapada y un aparecer y desaparecer de los sentidos, vaivén de degustaciones y amantes de la cocina palaciega.

Pasamos tres horas más sólo comiendo y después Lucas se puso serio y dijo que nos fuéramos. ¿Pero que lugar mejor que aquel para darme la sorpresa? Insistí en quedarme y tomar el postre, aunque no tenía más hambre, pensé que quizás fuera haría mucho frío y no quería separarme de Lucas todavía, hasta la semana que viene. Así que cedió, un poco a su pesar, me miró, por primera vez en toda la noche, sin el velo sobre los ojos, y me dijo que me dejaba, que habíamos terminado, que no volveríamos a ese restaurante, que no sé, igual nos volvíamos a ver, que me quer…no, eso ya no lo dijo porque le fulminé con la mirada, me puse dignamente el velo y permanecí allí sentada hasta que Lucas se levantó y se fue, y también los enanitos se fueron y yo me quedé con el lugar entero, y la plaza que me circundaba, y las plazas que a su vez circundaban a mi plaza, con sus calles, coches y gentes, y laberintos de sensaciones vacías que durarían todas las noches que formaron mi invierno.

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