28 de marzo de 2011

Matar saudades

Un domingo pasamos más de veinticuatro horas en el sofá. Comenzamos a hacer figuras de plastilina. Yo hice a Lucrecia y allí se quedó mucho tiempo encima de la tele. Era cuando llevaba las uñas pintadas hasta que descascarillaban y las pintaba de nuevo sobre los restos. También le incorporé el lunar cerca de la comisura de los labios y el pañuelo de lunares a la muñeca de plastilina. Ese verano estaba más delgada y se lo dije, no sin cierta preocupación:

— Estás tan delgada que se te ve el cabezoncito.
— ¿Estoy tan delgada que se me ve el corazoncito? —respondió llevándose las manos al pecho.

No pude desmentirla; le dibujé un corazón que se salía del pecho. Lucrecia trajo aquellas trufas heladas demasiado mantequillosas para comérnoslas. Su sueño había sido tener un bar y no lo había conseguido. Ahora vive conmigo y tiene un montón de personalidades, muchas débiles y alguna fuerte.

Siempre me acuerdo de Lucrecia, cuando pasa esto y lo otro. El día de su cumpleaños el calor era envolvente, quince de agosto en Madrid, íbamos tan borrachas que nos pasamos toda la fiesta en el baño del bar de copas, rodeadas de retretes, declamando ante nuestro reflejo, yo le decía: “¡Lucrecia! ¡Has venido! Estás muy guapa”. Y luego derramábamos las copas en el lavabo y las palabras solemnes: “Mírate en el espejo, no olvides quién eres; luces de neón para mi fiesta inventada”. Es fácil olvidar las conversaciones más bonitas, y ésta fue una de las nuestras.

A Lucrecia me la encontré en un bar en el que trabajaba de camarera y al que acudí, tras la primera noche, muchas otras. No estaba lejos de casa y yo pasaba por delante cada día, así que supongo que estaba allí cuando la necesité. Es una sorpresa. No soy de esa clase de chicas que sale sola, pero estoy mutando. Con el segundo whisky, ya empezaba a perderme en mí misma cuando se acercó, con ojos saltarines, barriendo los rostros de los presentes, concluyendo: “Él sólo aparece cuando estás más guapa”: tuve que volver cada noche para continuar lo empezado. Todo era muy Lucrecia, el encanto de su voz y el sinfín de posibilidades que se abrieron en su boca con una gran sonrisa. Lo demás llegó poco a poco; las uñas pintadas, los rizos cortados que invitaban a un masaje de cabeza, el aspecto de rana y pez al mismo tiempo; distintas mutaciones que le fui aplicando a medida que la iba conociendo, me iba descubriendo una personalidad moldeable a mi gusto, hasta aquella figurita de plastilina que hice de Lucrecia.



Nos ha arrastrado el paso del verano. Lucrecia dejó el bar. Sólo dentro de casa nos sentíamos a gusto. Las trufas derretidas y la plastilina confundían entre sí algunas de sus propiedades. Las maletas en la puerta guardan todas las noches que formaron mi invierno. Dejo esta casa donde he vivido con Lucrecia, hecha de plastilina y de música. Me voy por la misma razón por la que había venido ella a mí. Hemos compartido demasiadas cosas y al final, no tenemos nada que nos dé juego o nos mande a la mierda. Lucrecia me mira seria para que no me de cuenta de lo que piensa y la quiera; el cabezoncito se le sale del pecho, cómo no voy a quererla. Sostiene la muñeca de plastilina, deformada un millón de veces, hace figuras nuevas, odia su nostalgia inherente. La dejo hacer mientras me voy tranquilizando y la música y yo nos introducimos por última vez en su mundo inventado.
Le pregunto ¿A qué jugamos?, y conozco su respuesta: “A ser otras personas”. La miro, porque es su culpa ser quien es y no habrá muerte que acabe con ello. Sólo me increpa:

— ¿Por eso te vas?
— Creía que podíamos elegir. Por eso jugamos.

Lucrecia me concede sus palabras, otra vez.

— Elige un escenario de miniatura.
— El portal de Bélem. —Conocía mi respuesta.
— ¿Por qué no te vas a Lisboa?
— No llegaría nunca, el pasado está demasiado lejos.
— ¿De verdad quieres irte al pasado?

Son bonitas las conversaciones que inventaba.

— No, pero quizás me iría antes que quedarme aquí—.

Lucrecia se arranca en una letra de canción que me hace daño: no dejes nunca de sonar.

— ¿Quieres ver fotografías? —le digo, pero ya no me oye, mueve la muñeca de plastilina, mil veces deformada.

Incapaces de movernos y revelar las lágrimas, como siempre que llega este momento, el reloj traspasa el día y la noche y lo que haga falta en el sofá. Es mejor cubrirlo todo de magia, comernos el pastel y un último brindis por nosotras, y que lo olvidemos todo. Sólo se ha ido ella, la muñeca de plastilina, que saltó de nuestras manos y se alejó por el pasillo, completamente harta.


Ilustración de Pilar Barrios

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