8 de enero de 2012

Restos

Estoy en la tarde menos deseada. Más temida, odiada, tenue, lenta, banal, solitaria. Vengo de una taberna de hace mucho tiempo, a las tres de la tarde hubieran sido las tres de la mañana, tan fácil como...como tú de fácil, tan difícil de repente.
Vamos a trabajar un poco esta tarde. Para que pase más aprisa, más urgencia, menos deseo, menos de todo, de necesidad, de asco, de todo. Llegar para atormentarse, para negarlo, para pasarlo con pena atardecida de las nueve, con  los pies fríos subiendo tantos escalones pesados, llegar tarde y sin hambre, demasiado alcohol para unas venas tan pequeñas.
Te pido que me olvides y que me arrastres contigo. Las dos cosas anómalas sin posibilidad de cohexistir. Te lo he dado todo porque me ha dado la gana, y tú también tampoco, tan poco, tan pasado, tan hechos mierda, tan todo. Sólo queda una literatura barata como los sentimientos, como las repeticiones, como las cosas irrepetibles. Sólo puedo a un tiempo nombrar lo sublime y lo terrible, lo máximo de estos días y lo más bajo. Estar a la vez en ambos lugares imposibles, en los que las palabras no llegan y éstas tampoco lo hacen y se vuelven pobre como cuando me dejaste sola, donde no quedan palabras y sólo quedo yo y tú te has vuelto quizás viento. En esta habitación donde comienzo a escribirte para volver a los dos lugares, donde comienzo a nombrarte para salvarme y también, para volverme loca.

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