24 de febrero de 2010

Ya sólo habla de amor, de Ray Loriga

Alfaguara. Madrid, 2008.
176 páginas



Con la elegancia y el cambio de registro del que se hace eco desde hace veinte años, Loriga nos lleva a su último libro Ya sólo habla de amor, una novela de voz, en la que Sebastian no es capaz de salir de una fiesta ni de bailar con la mujer que le acompaña esa noche, y no para de preguntarse porqué. El viaje de Sebastian es interior pero atraviesa directo, el paisaje y el tiempo son reducidos al mínimo, la trama también, y es la voz la que le da un cuerpo de novela, la que traza un arco desde el principio del tormento hasta el final del intruso.

La nueva novela de Ray Loriga se presenta tranquila, se da tiempo a sí misma para enroscarse en el presente de su protagonista, en el transcurso de una noche que abarca muchas más en este viaje interior de los recuerdos, de la imagen explícita y, sin embargo, evocada, del amor perdido, el universo de Sebastián compuesto por mujeres y su soledad, el devenir entre lo irreal y lo tangible intuido desde la creación de su alter ego hasta la confirmación en el diálogo final con el bailarín suizo, punto fuerte de la novela en el que Loriga maneja el discurso para atraer al lector a un enfrentamiento que desdobla la presentación del personaje de Sebastián en oposición a lo que él mismo considera un triunfador, y aquí las comparaciones odiosas y el ponerse en evidencia, y todo se resuelve, como en la vida, al perseverar hasta el final en lo que uno es.

Ray Loriga se mete en terreno pantanoso, bien trillado, sí, pero también en cierta manera indecible, inconcluso, es el amor, los sentimientos que se pisan unos a otros y las dudas que prevalecen, yo diría que no hay mentiras ni verdades, Ray afirmaba que “desconocemos las razones de los demás, pero existen”, Sebastian se sostiene probablemente en la imagen que aún cree ser de si mismo, y un narrador que nos habla en ocasiones en lenguaje directo intenta mantener en equilibrio las contradicciones del hombre, y además, pretende con su narración contarnos cómo se siente Sebastián. Si esto último ha sido logrado, si nos ha pellizcado, hemos sentido alguna emoción, hemos reído, hemos creído comprender, hemos descubierto al escritor detrás de esas metáforas en las que se hacen eco él y sus verdades, supongo que la dosis era la propia para que surtiera el efecto. Yo terminé el libro con un buen sabor de boca, el de las cosas bien hechas, habiendo leído una novela arriesgada en su estructura llena de raíces hacia adentro (la comunión entre fondo y forma hace aquí uso de continuas alusiones religiosas que revelan a un autor que no trata, por otro lado, de esconderse al lector, si bien, reconoce que el empleo de la tercera persona es un alejamiento adrede del personaje de Sebastián, quien, como en cualquier relato de ficción, pudo haber pasado por disfrazarse de alguna manera del propio escritor); Ray es consecuente con lo que escribe, no hay gratuidad, no hay un vacío sino un llenar el vacío.

Ya sólo habla de amor no presenta una cicatriz al final. La lástima parece recorrer las hojas supurándolas, un Sebastián destruido a la par que engrandecido por las palabras nos devuelve la lástima u otra cosa, nos plantea preguntas que quedan lejos de ser resueltas, yo imagino al autor que augura la posibilidad de una respuesta como esta y me incomoda, y qué decir, su propio personaje busca sin encontrar, es consecuente y tiene tintes morales, y pretenciosos, y no puedo afirmar que esté mal así. La decadencia, sin embargo, no es real en mi realidad y no es real dentro de la novela, no te hace falta experimentarla porque sigue engrandeciéndose y eso es ya lo de menos, no nos consuela tachar a Sebastián de ignorante porque también es mentira, y nos sentimos, tras la euforia, engañados por quien pretende haberse desnudado ante nosotros y no lo ha conseguido, en una posición en la que las mentiras no están siquiera presentes pero sí la realidad en la que buscar las razones. Recuerdo en este punto, por ejemplo, Desgracia, de Coetzee, donde consigue una profundidad mucho mayor del ser y de la decadencia, o las novelas de Joseph Conrad, donde el río o el océano SON la trama, y lo que ocurre dentro de ellos es la historia, mientras que, por recordar otro ejemplo, las novelas de Mark Twain, lo que sucede en las orillas, y no el río, es verdaderamente el asunto.

Nos encontramos con un libro interesante, con una personalidad literaria forjada, con un fraseo intachable y agradecido, con una melodía en la composición lograda, una especie de jazz, a él le gustaría…y, qué duda cabe, por un escritor que sigue haciéndose cada día a si mismo. —hay que educar el pensamiento, leer sobre literatura, pensar en escribir—. Ray Loriga se cuida de pisar los lugares comunes, de sentir demasiado, de destruir algo que no ha creado. Es consecuente y se lo toma en serio, escribe porque un día pensó que quería escribir.

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