26 de abril de 2012

Muerte dulce

Se entrenaban para estar muertos. Por turnos. Los días en que ella lo tenía que matar a él estaba pletórica, llena de ideas. Pero enseguida llegaba el intercambio, y Arlinda comenzaba a sentirse mal, como si algo le mordiera las entrañas. En cuestión de minutos le entregaba a otra persona el control de su vida. Un día en mitad del invierno, cansada de intentar matarlo sin sentido, justo cuando él se aproximaba hacia ella dibujando un gesto que podría confundirse con un abrazo, Arlinda terminó de beber de una taza de chocolate negro, y se desintegró.

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