12 de agosto de 2012

Carta de uno que pasa corriendo por tu lado

Llegué a esta ciudad hace más de tres meses, pensé que era un buen lugar para empezar. Aquí el tiempo transcurre diferente, enseguida dejé de saber qué día era. Lo que no podía imaginar es que el tiempo nos empujaría a esta extraña forma de vida en la que enamorarnos a distancia.


Siempre tengo la misma pesadilla: Pierdo los papeles y no recuerdo de donde soy.

Todos me llaman balsero. Mis apellidos son tres meses a la deriva y mar abierto. Si me quedo quieto durante horas, así, como si fuera un muñeco y no una persona, consigo unas monedas. Soy un muñeco de la vía pública. Mi especialidad es correr y lo hago muy bien. Cuando era niño siempre estaba corriendo, ¿te acuerdas? Jugábamos a pillarnos, a escondernos. Corre, corre, que te pillo. Pocas calles para tanta policía. Callejones sin salida. No puedo dejar de ser un niño, de sobrevivir a este juego perverso de gatos y ratones.

Pero teníamos más planes que salir corriendo. El tiempo duraba lo suficiente, no he vuelto a bailar desde que me fui. Ya sé porque quiero volver. Aquel era el lugar donde yo empecé. Yo. No sé qué me da más miedo, si volver o permanecer aquí para siempre. Porque he comprendido que ambas cosas son la misma, pues la segunda no es más que la primera transformándose desesperada.

¡Tengo los papeles, tengo los papeles!


Espérame a la hora de comer,
B.

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