12 de agosto de 2012

¡Mudadme, mudadme!

Todo salió bien porque teníamos un lugar al que ir. Empezamos muy temprano, cuando la furgoneta se detuvo cerca de casa y yo lo saludé desde el balcón. Llegaba tarde y se lo agradecí. A partir de entonces no miré el reloj hasta que cerró el día, a las tres de la mañana del horario de invierno en una ciudad que es ahora diferente. El transporte se acumuló en calles pequeñas y alargadas, intentando llegar al piso. La casa a medio hacer. Comimos recorriendo el barrio de arriba abajo, sus restaurantes llenos. Nos juntamos cinco o seis, o diez. Nos invitaron a café. La tienda de comida asiática no pasó desapercibida. Le recordó Lisboa, luego Londres. Las calles del pueblo o los rincones de las grandes ciudades. Desde este balcón es fácil alejarse demasiado, por la calle de farolas y callejones. Tengo ganas de viajar.

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