7 de octubre de 2012

Exposición solar


CINCO DÍAS EN JORDANIA
Escribo este viaje con la sensación de no comprender nada de lo que he visto.


Estamos en el punto más bajo de la tierra. El mar Muerto. Los territorios ocupados flotando por ahí. Cisjordania, Transjordania, Irak, el color rosado de sus cuerpos—los más ricos en oxígeno—.Por el día las ciudades desaparecen por las tormentas de arena. Al otro lado del mar, Jerusalén se vuelve invisible ante nuestros ojos. De noche lugares en otros lugares. Todo esto ha ocurrido ya.

Avanzamos hacia la extrañeza.

Por la autopista del desierto, una de las rutas más antiguas que cruza el país, los camiones se dirigen al mar Rojo. Único puerto de Jordania, y único respiradero. Nuestro guía ilustra la carretera vacía; apenas un caravasar, las antiguas estaciones de trenes turcos, las minas de fosfato, no alcanzo a ver más allá del cable de los postes telefónicos. El control me parece excesivo para un país arqueológico. La amenaza de la inconsistencia. Me mareo.

Traspasamos el Valle del Jordán como una vena abierta.

De norte a sur, nos movemos por un territorio marcado de leyendas, creencias ancestrales, pasajes de la Biblia. Solo puedo comprenderlo a través de los cuentos. Betania y el bautizo de Jesucristo. El desierto de la Luna. La ciudad de los mosaicos. La colina de la muerte de Moisés, la tierra santa. Las historias en el desierto te hacen más vivo, te dan tregua frente a la devastadora presencia de lo real.

Petra, la ciudad que desapareció durante siglos. El guía nos la muestra desde lejos, entre tanta montaña rosa. Es fácil percibir su ocultamiento. Atravesamos el desfiladero. Llegamos a las fachadas talladas. Recorremos la ciudad como tesoro. Hace miles de años, el pueblo nabateo creó el rostro de las montañas. Y la mujer de Lot, que se giró para contemplar la destrucción de Sodoma y quedó allí, convertida en estatua de sal. Rostros inmóviles de belleza. Quedarse significa quedar fuera del tiempo. En un lugar donde las montañas tienen rostro.

Siempre nos vamos de los sitios cuando empezamos a ser parte de ellos. Al final, escribo para que no desaparezca, que permanezcan los contadores o, al menos, las historias.


Este relato ha sido finalista entre 500 relatos presentados a concurso, en el IV Certamen de relatos Mujeres Viajeras (próximamente las fotos)

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