25 de octubre de 2012

Reseña de Cosas transparentes, de Vladimir Nabokov

COSAS TRANSPARENTES
Editorial Anagrama
© Vladimir Nabokov, 1972
© Editorial Anagrama, S.A., 2012
© Traducción de Jordi Fibla, 2012
1ª Edición, Septiembre 2012
ISBN: 9788433978455
158 Páginas


El narrador de “Cosas transparentes” sitúa al lector delante del espejo del personaje de Hugh Person, un hombre que viaja de Estados Unidos a Suiza a lo largo de los años. Una posición frontal en la que, aliviados, confirmamos que no somos esa imagen que el espejo nos devuelve, pero nos embarga la angustia de conocer demasiado lo que vemos, el peligro de tanta lucidez en territorio desconocido, en el que todo embiste es inevitable. En Suiza, Hugh se enamora de su futura mujer, una relación que desde el principio llega asolada de fantasmas, pesadillas que desatan el asesinato de ella y la locura de él.



Cosas transparentes es la penúltima novela que escribió Vladimir Nabokov, a la edad de 71 años, tras una carrera con títulos tan importantes como “Lolita” o “Ada y el ardor”, que ya lo habían encumbrado como uno de los escritores más importantes del siglo XX y cuya vigencia, hoy en día, es aún mayor. En este contexto, sobra decir que este libro roza la perfección. El fraseo, la composición, la sonoridad, la atmósfera, los personajes o el narrador, todo hace gala de una dirección maestra indiscutible preparada para el lector más exquisito.

Es una obra estética que acaba ahogándose en profundo significado. El gusto por la descripción, a que ya nos tenía acostumbrados el autor, adquiere en esta novela tintes de disección, de puro coleccionismo, de informe forense. Se detiene sobre los hechos y realiza un escrutinio de una frialdad pasmosa, una observación única, escena tras escena, una mirada por todo el relato similar a la que en ciertas ocasiones, al mirarnos en el espejo, creemos descubrir sobre nosotros mismos, aquélla que nos produce un miedo atroz e irracional.

A pesar de la falta de pasión en este libro, lo que provoca a lo largo de sus páginas cierto malestar o impaciencia, nada de lo escrito es casual y, al llegar al final, no podemos sino reconocer el mérito, más allá de los gustos, de su escritura. Es un libro para unos pocos, difícil de apreciar. No es evidente, no es poético, aunque en su concepción total sí que lo sea. Es un libro complejo a pesar de su apariencia. No deja respuestas, no contenta a casi nadie. Sólo en los tramos en que la disección se vuelve tridimensional, es posible intuir por qué clase de arenas nos movemos.

El análisis de este libro daría para escribir otro, su lectura abre en infinitas direcciones la mente de quien lo lee, y habrá quien elija contemplarlo como una obra de arte pictórica, o como una obra filosófica. Es de relectura obligada. Cuando hayan pasado los años, volveremos a leer en la cubierta de un librito el nombre de Nabokov, al igual que Hugh Person, el protagonista, vuelve a encontrar en su vida el nombre del país de vuelta, Suiza, y nos adentraremos de nuevo en sus páginas, y ahondaremos en su locura inevitable, en nuestros fantasmas, en su lucidez, en diseccionarnos más y más, hasta que la muerte nos separe.

Reseña aparecida en la revista literaria Anikaentrelibros, por aquí...




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