11 de abril de 2013

La noche en que fui a ver Elepé, de Carlos Be



Ayer conocí dos lugares, uno dentro del otro. Y ambos, albergando un tercero, el teatro. Y albergando, por eso, a los veinticinco que acudimos allí, a las diez de la noche, a una calle que estoy casi segura de no haber atravesado antes. Muchos más lugares que dos, entonces. Todos tan a mano, tan cerca, tan desentendidos de mi existencia. La imagen de la calle, desierta en medio de una turbulencia de calles. Y al final, en el último local, el número indicado, la portería del edificio. Llegamos a La casa de la portera, la sala de teatro de este barrio de los teatros que es Lavapies, el escóndite perfecto de Madrid, por otro lado. Un teatro al uso, adornado con vírgenes salientes, lámparas salidas de una novela de Agatha Cristie y hasta un majestuoso cuadro con el motivo de la duquesa de Alba. Un teatro total. La obra, Elepé, de Carlos Be, no hizo sino engrandecerlo, con el propio director-escritor haciendo de De-Jota intergaláctico, al mando de las luces y el sonido, de un bar; Elepé, de la movida madrileña, de aquella otra generación que le tocó vivir unas circunstancias que le acabaron pesando demasiado, aquella otra generación perdida. La obra me gustó, sí, pero me gustó más todo lo que la rodeaba. Las ganas que tenía de ver algo de este autor, de quien sólo había leído Origamí y Muere, Numancia, muere. Tengo que decir que escribe un teatro que da gusto leerlo, casi sin necesidad de verlo representado. Cuando leí Origamí, hace cuatro o cinco años, me fascinó. En una oportunidad de hablar con el autor de ese texto tan extraño, recuerdo que le increpé, no sin cierta sonrisa, que el personaje de la madre que había creado era tan complejo que ni él mismo lograba entenderlo. También recuerdo que hicimos una votación a partir de los cuatro personajes propuestos, entre los que esa madre ganaba en intrigante, complejidad y belleza extraña. No supe si quería más a ese personaje gigante o a su autor. Y todo aquello tenía, ahora que lo rememoro, algo de eso que hace torcer el gesto, algo inasible, incomprensible, propio de la cirugía estética de la piel que habito. Algo de eso que nos dice que ahondar demasiado en las cosas traerá consecuencias. Que las consecuencias nunca fueron buenas. O sí. Que hacen falta más autores que se acerquen tanto que se quemen.

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