27 de agosto de 2013

La ciudad para vivir después de Madrid


He viajado a Berlín algunas veces, pero fueron estancias cortas, lo justo para hacer turismo. Esta vez ha sido diferente, he estado allí diez días, con amigas de ésas que se cuentan con los dedos de la mano. No ha sido de cualquier manera. Además, venía su compañera alemana de un piso en París. Hablábamos en los tres idiomas y en ninguno conseguíamos entendernos las cuatro. El inglés tampoco nos servía por el mismo motivo. Tras establecerse la única regla en la que las cuatro no practicábamos nunca un mismo idioma, yo comencé a hablar alemán, a pensar alemán. A vivir la ciudad con deseos de mudanza, de recién llegada. A olvidar Mitte y recorrer los barrios de Friedrichshain, Kreuzberg y Neuköln, sus calles, cafés y librerías, conciertos callejeros, picnic en el canal, ir a los mercadillos, salir de la ciudad para pasar un día en algún lago de las afueras, estar en un concierto para veinte personas de Greg Cohen y que todavía me espere otro concierto, mejor si cabe, de jazz manouche, bailar tango, descubrir fotógrafos, comprar libros y cenas y risas y vueltas a casa desde todos los puntos, a todas las horas, y no sentir el cansancio y risas y celebraciones.


Concierto de Greg Cohen en Neuköln, Berlin

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