21 de febrero de 2014

The Room

Trabajando para el diablo

Una puesta en escena limpia, como el lugar después de ejecutado el crimen, como la habitación de un motel de carretera donde esconderse y donde, mucho más tarde, contárnoslo.

Unas treinta personas pegadas unas a otras -la sala llena-, rodeamos al sicario. Encapuchado, extremadamente pequeño, nos mira a los ojos y comienza el relato de su vida a las órdenes del patrón durante veinte años.

Hay dos momentos en la obra que me producen el colapso.
Uno es la primera vez que mata, el recuerdo que ha quedado, la exaltación, las palabras lo acompañan como otra forma de tortura:
“Se levantan, se levantan, se levantan…”.
Un segundo tajo que el sicario de esta función hace en el espectador es cuando este hombre -sin nombre, sin rostro- está narrando un tiempo en el que, en lo más alto de su carrera, tenía también que “insistir” a aquellas mujeres que su patrón deseaba. Entonces, se ha acercado hasta ponerse delante de mí, me ha tocado el brazo desnudo, ha cogido mi mano, la ha besado, me ha mirado a los ojos mientras hablaba:
“Hay una persona que quiere verte…-no he podido recordar bien las palabras, las palabras parecían ser lo de menos-, va a haber casas en la playa…”
Muy tranquilo, muy decidido.
Creo que había otras mujeres de las que simplemente no volvía a saberse nada.
Después, se ha ido.

La gente mantiene una mueca terrorífica en su cara mientras un reloj de pared hace que los muertos, los secuestros y las formas de tortura se sucedan en esta pequeña y agobiante habitación: de las dos salas de La casa de la portera, eligen la más pequeña.

Un sicario sabe hacer bien su trabajo. Dibuja en el suelo el mapa del narco mexicano, los números -de enterrados, de toneladas-, la bandera del país entre billetes, drogas y cuerpos sin vida, arrastrada por el suelo de Ciudad Juárez, ese cementerio.

El narcotráfico mexicano ha sido tan ficcionado, tan “basado en hechos reales” -libros, películas por todas partes- porque su magnitud impregna demasiadas capas. Por eso,  cuando nos llega un testimonio real como el que ha reconstruido May Ríos -texto e interpretación- en The Room, trabajando para el diablo, el discurso quiere sonarnos. Pero se sitúa en un plano diferente, la voz suena algo más ronca, la historia destripada de la realidad, una vez más, supera a la ficción.

Crónica aparecida en Laplaya de Madrid.

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