2 de abril de 2014

Días de felicidad en Tánger (un relato)




Si alguien me hubiera preguntado, antes de conocer el país, qué ciudad tenía ganas de visitar, sin duda hubiera dicho Tánger. Por ninguna razón, porque habría oído hablar de ella pero sin hablar de nada en concreto. Tal vez. El caso es que fui por primera vez a Marruecos y estuve en muchas ciudades (Fes, Meknes, Rabat, Casablanca, Essaouira, Marrakech) pero en Tánger no. No sé porqué.
La segunda vez que fui a Marruecos tampoco elegí el destino más deseado, por eso mismo, por preservar el deseo, porque entonces volaba con mi hermano y, como hermanos, podíamos ir donde más nos apeteciese, la decisión era casi una. En cualquier caso era mía, porque él no conocía nada y todo le hubiera parecido bien, en aquél no organizar el viaje, no leer, no averiguar nada previo. Elegimos Marrakech.
Entre aquellos dos primeros viajes hubo un lapso de varios años. Marruecos se había convertido, para mí, en un lugar inspirador. Me sugería muchísimas cosas. Se me antojaba más allá de lo real. Así que, cuando hace unas semanas, me propusieron volver ya que una amiga se encontraba haciendo una estancia de meses en la Cinemateque de Tánger, mi entusiasmo creció a la enésima. Siempre me ha encantado transitar lo irreal.

Llegamos a Tánger para tres días. Había un festival de cine. La ciudad quería sonarme y, sin embargo... bajamos al puerto, comimos pescado. Vimos todo lo que allí parecía suceder. Hacía frío en Tánger. Llovía un poco. Caminamos hacia la otra punta de la ciudad. Inmersión. Unas fotos torpes en el laberinto de la Kasbah. Hizo un viento voraz aquella primera tarde. Nos contamos muchas cosas. Éramos tres. Mi amiga que vivía en París, mi amiga que vivía en Tánger y yo, que vivía en Madrid. Cada una contaba. Yo las escuché cada vez más feliz (prefería sus historias, el caso es yo no tenía mucho que contar). Así que me preguntaron. Y empecé a hablar. En el fondo quería contarles, no sé, ¿por qué había ido a Tánger, si no? Entonces, me quedé sin voz. Afónica en cuestión de media hora, se asustaron, pobres. Al día siguiente había una fiesta en casa en la que se hablaba francés. Yo había conseguido alzar algo de voz durante el día, pero a la noche, ni entendía lo que allí se hablaba; desconocía su idioma, ni era capaz de hablar, otra vez muda como la primera noche. Me fui a hacer gárgaras. 

El último día me pareció el mejor. La ciudad revelada, las compras hechas, la amistad, una felicidad en forma de sol brillante sobre el mar, en forma de ganas, de viaje y de historias.
Mi amiga rubísima-ojos azules nos contaba que por las calles de Tánger la seguían algunos hombres. En cualquier caso, estaba estupenda. Nos abrazamos en la plaza antes de coger un taxi. Debimos de ser el blanco de muchas miradas.

2 comentarios:

Veronica Boletta dijo...

Feliz y enmudecido Tánger. El deseo localizado, me pasa con los que bautizo "mis lugares".

María dijo...

Es justamente eso, los lugares y los deseos, sí.
:-)